Entre gallos y media noche

Una madrugada de invierno, aun no despuntaban las primeras luces y en medio a una calle con alguna que otra charca, una sombra masculina, se alejaba lentamente. Era tan grande mi ansiedad por llegar a estar allí ese día, que no pude mas y me alcé en medio de la noche.

Me vestí en la oscuridad, y casi sin hacer ruido, salí de la casa hacia el campo. Solo se sentía el canto de los gallos, la calle estaba desierta, a esa hora en un pueblo y en pleno Julio, todos están reposando. Con paso seguro, comencé a caminar por aquella calle tan amplia que unos metros mas allá, donde terminaba el asfalto y las luces del pueblo, se enangostaba un poco y comenzaba la zona rural con su tierra colorada. Luego de una curva, nuevamente se ampliaba y comenzaba un camino rectilíneo, con algunas lomas, donde estaban las alcantarillas y de ambos lados, la cuneta.

No puedo negar, que dentro de mi había un poco de duda y también algo de miedo, pero mi ansiedad era mucho mas fuerte.  Tampoco falto alguno que otro perro, que vino a mi encuentro amenazante, mostrando sus dientes con rabia, pero no me detuve, es mas los enfrente desafiante y seguí caminado casi en la penumbra. Eran cinco leguas de camino, las había recorrido tantas veces en una camioneta, sin pensar, solo que esta vez era diferente, nada escapaba a mi atención.

Luego de una hora de camino, finalmente llegue al bajo, donde comenzaba la propiedad de mi abuelo.  Desde allí, descendiendo, la primera entrada hacia la derecha era el ingreso.  Una calle arbolada con plátanos, abovedada, larga casi un kilómetro.  Ya estaba mas cerca de mi meta. En pocos minutos la recorrí y llegue al casco, donde encontré a la derecha, un tremendo chorro de agua de la surgente, frente a la antigua casa y el molino de viento que a esa hora solo emitía crujidos.

A la izquierda la “casa nueva” con su patio arbolado y un tejido metálico que delimitaba el patio, todo cubierto de enredaderas. Reinaba un gran silencio en el lugar, seguí caminando hacia el galpón, pasando frente a la herrería y sentí a lo lejos voces que venían del establo de ordeñe y decidí dirigirme hacia allí. Fue en ese momento, que los perros se abalanzaron sobre mi, apareciendo de la nada. Una voz de trueno, los detuvo y pregunto, mientras me apuntaba con una escopeta:

  • Quien sos y que querés a esta hora?

Con calma respondí:

  • Soy el nieto mas grande de Don Hugo, el que vive en Río Cuarto!

Solo en ese momento, el hombre bajo el arma y se dirigió hacia mi.  Se acerco con calma y me dio la mano.  Era el encargado del “Establecimiento Santa María”, quien me había visto alguna que otra vez, pero lógicamente no me esperaba.
Esa mañana comenzaba “la carneada” , yo quería participar desde el primer momento, no pensaba perderme nada de ese acontecimiento, que comenzaría algunas horas mas tarde. Tenia apenas 13 años y esta era una de mis primera aventuras solitarias de adolescente rebelde.

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